Siloé, arte y bibliofilia

Bestiarios

Bestiario de don Juan de Austria
Bestiario de Westminster

En literatura se designa como bestiario a una colección de historias fabulosas sobre animales reales o bien de ficción popularmente conocidos como bestias.

Los bestiarios medievales fueron los libros más leídos en toda la Edad Media después de la Biblia y sus textos eran de lectura obligada para los colegiales de la época.

Sus páginas representan una perfecta radiografía de la mentalidad del hombre medieval, en la que quedan patentes todos los miedos y terrores que pueblan su mente.

La variedad y belleza de imágenes delatan la presencia de hábiles artistas, expertos en estos trabajos.

Desde los tiempos más remotos el mundo animal ha ejercido un subyugante influjo en la mente del hombre suscitando en él una mezcla de temor, asombro y profunda fascinación. Su realidad multiforme, las más de las veces misteriosa, y su insoslayable presencia han ido propiciando la aparición de una cultura zoológica milenaria, de un esfuerzo de comprensión y de interpretación simbólica tan sostenido que ha desembocado en uno de los más sólidos cuerpos de la sabiduría medieval encarnada en estos célebres bestiarios.

La apariencia enigmática de muchas especies animales, algunas de sus inquietantes formas y fascinantes dimensiones han alimentado el asombro, la admiración y el respeto hacia ese impresionante mundo animal, convirtiéndolo no sólo en objeto preferente de observación y estudio, sino también en paradigma del bien o del mal y, en última instancia, en inagotable fuente de sabiduría espiritual y social con la que equiparnos para realizar mejor la difícil travesía por este proceloso mundo.

Con los bestiarios medievales nos adentramos en el cautivador ámbito de los animales tanto reales como fabulosos que, en toda la Edad Media, tuvieron una enorme carga evocadora y simbólica. Estos códices se movían en una atmósfera religiosa y de admonición moral al mismo tiempo que de ocultismo, magia e incluso de espiritualidad algo naíf que les hace particularmente atractivos.

El origen de los bestiarios medievales, es el muy conocido y citado Physiologus (que podríamos traducir como el naturalista), escrito originalmente en griego hacia el siglo III de nuestra era, tal vez en Alejandría. El autor, desconocido, compila en este tratado una serie de textos –tanto cristianos como paganos– de la Antigüedad, fábulas y otros relatos, algunos extraídos incluso de la Biblia misma. De corte eminentemente moralista, el Physiologus aprovecha las características y costumbres de los animales para extraer las pertinentes lecciones morales para los cristianos de la época. A juzgar por el reguero de copias y versiones diferentes del Physiologus que empezaron pronto a circular, es fácil imaginar que gozó de gran popularidad, sobre todo entre las capas más humildes de la población, para las que es fácil suponer que sus imágenes debieron de tener un considerable impacto.

Para los estudiosos de la antropología, este fenómeno cultural y social de los bestiarios medievales es un verdadero tesoro en su aproximación a la mentalidad del hombre medieval y en su análisis de los misterios, los sueños y los miedos que pueblan la mente de los europeos de la época, así como de la concepción que se tenía entonces del hombre, del mundo y de Dios.

Las primeras versiones latinas aparecen en el siglo IV, y entre los siglos IX y X ya se habían extendido por toda la Europa occidental, aunque va a ser sobre todo en Inglaterra donde su impacto será mayor.

Los textos de prácticamente todos los bestiarios, no escapaban en absoluto de los relatos legendarios y estaban poblados de fantasías y exageraciones sin cuento. Ahora bien, detrás de la viveza de todas estas crónicas no podemos olvidar que los bestiarios eran libros muy serios y útiles, tan es así que muchas de las grandes abadías benedictinas de la Inglaterra medieval, léase Canterbury, Peterborough, St. Albans, etc., tenían su propio ejemplar, lo que muestra la inveterada fascinación inglesa por el mundo animal.

Otro interesante aspecto a tener en cuenta es que estos textos deliciosamente ingenuos y fascinantes al mismo tiempo se copiaban una y otra vez en los monasterios como una importante ayuda en la vida contemplativa de los monjes, principalmente a finales del XII y principios del XIII, que es cuando adquieren todo su esplendor y cuando aparecen los bestiarios más famosos y conocidos. A partir del XIII desbordan los claustros y se difunden también en el ámbito laico.

La proliferación de bestiarios fue tal a lo largo del tiempo que llegaron a convertirse en el libro de cabecera de la gente culta e incluso en auténticos breviarios de los artistas de entonces. Pero al lado de esa gente culta, del clérigo o del filósofo que los evocarán como paradigma de las verdades eternas, y movida por un fuerte impulso espiritual cristiano, también la gente humilde del campo, el campesino rodeado de sus animales domésticos y de los dañinos, moviéndose entre bosques, prados y huertos, e incluso las damas que se solazan practicando la cetrería se remitirán a esta simbología de los bestiarios y verán en la mariposa o en la primera golondrina, llegada con el buen tiempo, el emblema de la Resurrección de Cristo y, por ejemplo, el asno gris marcado con una cruz blanca en el lomo evocará su doloroso caminar hacia el Calvario cargando con el madero de su suplicio.